SER LO QUE SIEMPRE HE SIDO

Me incliné a los pies de mi maestro y supliqué que me enseñara el camino hacia la realización del ser y el desarrollo del amor compasivo. Éste, entonces, tomó un sable y me pidió que me inclinara aún más hacia él. Entonces yo, esperando una gran bendición de su parte, recibí, en cambio, un tremendo carajazo por la espalda que hasta me hizo sangrar.
Me levanté con los ojos llenos de furia, quería golpearlo, pero no podía, iba en contra de todos mis deseos más profundos y de mis esfuerzos más arriesgados. Le miré a los ojos reprochándole su actitud con la mirada, no pude evitar culparlo con el pensamiento por su denigrante comportamiento para con alguien como yo, que no buscaba más que el amor hacia todo cuanto existe.
No pudiendo ya más con aquella situación tan dolorosa y desesperante, me alejé corriendo, corrí y corrí todo lo que habría querido correr para olvidar, hasta que llegué a sentir el cuerpo exhausto y adolorido. Entonces me detuve y volví caminando a mi morada, donde terminé derrumbando mi cuerpo como quien se deshace de un equipaje muy pesado, y lloré.
Lloré por toda la rabia, la rabia por la injusticia. Lloré porque quería entender, pero mi confusión era extrema y no lograba escuchar mi corazón. Lloré por no haber encontrado lo que buscaba. Lloré porque era una decepción aquella, luego de la admiración absoluta que había profesado de mi corazón hacia el maestro. Lloré también porque muy dentro de mí había algo que me decía que yo no tenía lo que se necesitaba para alcanzar aquel estado iluminado donde ya no hay fugas energéticas. Lloré porque me sentí pequeña, me sentí incapaz, me sentí insegura y creí haber perdido.
Dormí aquella noche como no había dormido en mucho tiempo, fue aquel un sueño tan profundo que casi no quería haber despertado cuando desperté. Desperté y recordé la humillación del día anterior. Entonces fui al lugar de la práctica y medité. Medité hasta encontrar una respuesta, una fuerza, una inspiración para vivir aquel día libre de su pasado.
Medité y aunque no fue gran cosa lo que pude realizar tuve la certeza de que todo ocurría por una razón de ser y aunque tal vez no lo entendiera, las cosas se volverían más claras con el tiempo. Mientras tanto, debía yo solo confiar en mí, en la vida, en el maestro y en aquella situación tan desagradable.
Y así pasaron los días, pasaron los días mientras yo iba de aquí para allá cumpliendo con los quehaceres de la comunidad. Cada día mi corazón aprendía a perdonar un poco más. Hasta que un día pude ver al maestro nuevamente a los ojos. Entonces fui hasta él y le pedí permiso para hablarle. Él asintió y me ofreció un espacio honorable a su lado para que me sentara...
Entonces le agradecí, le dije: "Maestro, vengo a agradecerle la lección de aquel día. Entendí que utilizó usted un medio hábil bastante raro y muy poco utilizado entre sus discípulos. Comprendo que me eligió a mí, y eso es un privilegio, ahora lo entiendo, pues de esa manera usted demostró que soy, entre todos sus discípulos, aquel en quien más confía. Pero además, quiero que sepa, que yo entendí cuál fue su gran motivación. Yo le pedí que me mostrara el camino hacia el desarrollo absoluto del amor compasivo y era inevitable para usted cumplir mis requerimientos debido a su infinita compasión. Para aprender la lección del perdón hay que aprender a perdonar lo imperdonable"
Entonces el maestro me ofreció una sonrisa y me dijo:
"Usted me pidió algo imposible de ofrecer, usted no creía en usted mismo, en su fuerza, en su valor, en su capacidad. Usted me pidió lo que le di, no podía darle menos, no podía darle más. Debe agradecerse a usted mismo la lección y la experiencia".
Desde aquel día supe que dentro de mi está el maestro y que todo no es más que una expresión de la Ley de Causa y Efecto. Lo agradable y lo desagradable son expresiones de la naturaleza de todo cuanto existe, como las estaciones del año, pasarán, siempre pasarán y darán cabida a algo distinto, contrario. Lo importante es que de todo logremos absorber el máximo de su aprendizaje, para así ser cada vez más y más sabios en cuanto a nuestra propia existencia. Cuando se alcanza la libertad, entonces la libertad ya no existe, porque no existe el cautiverio.
Así fue como dejé de pedir y me dispuse a explorar y a esforzarme, con mayor ímpetu cada vez, para ser lo que siempre he sido, el universo..